María Teresa Soto Hernández
A lo lejos escuchaba el ladrar de los perros. No era una noche común y corriente. Algo en el ambiente hacía que en mi
habitación meditara acerca de la vida, la vida que hoy tenemos pero mañana no
se sabe.
En ese momento a mi mente le llegaban recuerdos que ni yo misma sabía que
estaban allí. Alegrías, tristezas,
risas, llantos, retos, pero sobre todo aquellos momentos que marcaron mi niñez
y mi adolescencia, momentos que me hacen ser lo que soy hoy.
Meditaba en que muchas veces no recordamos las cosas buenas y las alegrías
de la vida, sino vivimos en torno a las tristezas. Esto, lógicamente, nos lleva a vivir una vida
triste, depresiva, sin cambios, y que hasta cierto punto afecta a los que nos
rodean.
Meditaba también acerca de las grandes victorias que hemos alcanzado, y en
las pequeñas derrotas, que tampoco han faltado y pensaba: ¿Cuántas veces
vivimos de acuerdo a las pequeñas derrotas y no en torno a las grandes
victorias? Muchas respuestas hay para
tal pregunta.
En el mundo de hoy, la gente está buscando llegar a sus metas, pero ni
siquiera quiere ver el horizonte y levantarse para llegar a ella. Todos hemos
caído en un conformismo y en un miedo al cambio que hace que vivamos como
vivimos. Podemos echarle la culpa a
todos los que queramos, a nuestros padres, a la escuela, al cónyuge, a los hijos, a la religión, a la sociedad, al jefe, hasta al propio
gobierno, pero en el fondo sabemos que cada quien ha logrado lo que ha querido,
y que se puede alcanzar más de lo que se tiene.
La noche se hacía más larga a cada minuto, los perros seguían ladrando, en
mi mente daban vuelta muchas ideas, hasta que al fin pude conciliar el sueño.
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